"Y pues V.M. escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso, parescióme no tomalle por el medio, sino por el principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto."

El Lazarillo de Tormes

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Bien y el mal


"Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que en el ámbito de lo visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público."  
Platón, La República, Libro VII, 517 b-c

La cita anterior es el desenlace del mito de la caverna. Sócrates dice a Glaucón que lo último que el ser humano puede percibir, "y con dificultad", es la Idea del Bien. Un poco antes, en el Libro VI 509 b, ha afirmado que el Bien está por encima de todas las cosas "en poder y dignidad". No da, sin embargo, una definición del Bien porque el Bien está "más allá de las esencias" (ἐπέκεινα τῆς οὐσίας) y por lo tanto no es cognoscible plenamente, solo perceptible.

Estas características del Bien platónico pasan de alguna manera a engrosar la lista de cualidades de Dios en el cristianismo. Dios no es cognoscible plenamente, está más allá de todas las cosas y las supera en poder y dignidad. El Bien supremo sería Dios y estaría en Dios, que es lo máximamente perfecto. El Bien, pues, mana de Dios y alcanza a todas las cosas rectas y buenas. 

Pero, ¿existe el Bien? Si Dios existe, por supuesto; y aunque esa no sea en absoluto una hipótesis necesaria para jugar a este juego, decido aceptarla. Lo que sea el Bien, al igual que le pasaba a Platón, no es definible, al menos por completo. Sin embargo, se han aventurado definiciones bastante satisfactorias de lo bueno. Según Brentano, "lo que sea amable con amor justo, lo digno de ser amado, es lo bueno en el más amplio sentido de la palabra".

Si tomamos la definición de Brentano como referencia de lo bueno, ya podemos tener una brújula moral para guiarnos, aunque vislumbremos el Bien sólo de forma indirecta. Bueno es lo digno de ser amado justamente. ¿Existen amores justos y amores injustos? Ciertamente. El amor justo es el amor a lo digno de ser amado, esto es, a lo que posee la dignidad suficiente como para ser amado. Pero, ¿qué es lo que tiene dignidad suficiente como para ser amado, o, simplemente, dignidad? Lo que no tiene precio ni puede tenerlo. Para Kant, "la dignidad es aquello que se encuentra por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente". 

Si esto es así, la dignidad, como tal, sólo se da en Dios y en el ser humano. Lo digno de ser amado serán, ante todo, estas dos realidades. En el caso de Dios, si se cree en él, no hay problema en aceptarlo porque estamos hablando de un ser perfecto, pero en el caso del ser humano, ¿hay algunos más dignos que otros? En sentido estricto, quizá no. Pero sí que hay personas que se comportan con mucha mayor dignidad de ser amadas que otras y que alcanzan un mayor grado de perfección en su vida. Hay personas que son mucho más amables que otras porque con sus actos se hacen a sí mismas dignas de amor. A eso se le llama una buena persona: a aquella que con sus actos nobles y amables, se hace digna de ser amada. Es cierto que aquí el término "digno" (o digna) se usa como sinónimo de merecedor y no como aquello que no tiene precio. Pero el término de dignidad tal y como lo entendía Kant, incluye, qué duda cabe, ese merecimiento. 

Por otro lado, y en un sentido más aristotélico, una buena persona sería aquella que desarrolla máximamente las virtudes que son propias de los seres humanos: el amor, la amistad, y sobre todo la razón, la virtud más alta. Ésta es la encargada de orientar la vida hacia el Bien y la felicidad.

Vayamos ahora a lo contrario, pues la realidad, como afirmaban los presocráticos es la lucha entre contrarios. Si tomamos lo malo como lo opuesto de todo lo que acabamos de decir, tenemos que lo malo es aquello que no es digno de amor. Incluso, como decía Brentano, aquello que es digno de odio. En el caso de las personas, algunas realizan acciones despreciables e incluso odiables. Ninguna persona es digna de odio por el hecho de serlo, pero sus acciones sí lo son. Cuando alguien comete esas acciones, al menos si lo hace constante y conscientemente, estamos hablando de una mala persona. Quien no cultiva la amistad sino la enemistad; quien elige el odio en lugar del amor; quien se deja llevar por la sinrazón sin atender a la razón, quien introduce el sufrimiento donde no es necesario, se convierte también en mala persona. 

¿Qué es el mal, entonces? Si hemos dicho que existen cosas malas, tendrá que existir el mal, aunque sea como reflejo o como algo incompleto o negativo. De hecho puede que su existencia, aunque sea de esta forma parcial, sea necesaria para mantener el equilibrio del mundo —el juego que se está eternamente jugando que ya describieron los presocráticos, esa lucha entre contrarios— y la posibilidad de la libertad. Pero, ¿existe el mal perfecto? Lo perfecto no puede ser malo por definición, pero por esa misma razón, nada en el mundo puede ser completamente malo ni completamente bueno, salvo Dios, que sería lo único perfecto. El mal perfecto es una contradicción, esto es, sería en realidad lo máximamente imperfecto, lo contrario de Dios. Si Dios existe siendo el ser máximamente perfecto con existencia plena y eterna, entonces lo absolutamente contrario no puede existir: sería la ausencia total o absoluta, el No-Ser. En ese sentido, el mal es una ausencia o un alejamiento del Bien, una impotencia de hacer el Bien o un desconocimiento del Bien, o, si queremos, de Dios. Pero el mal absoluto no es una entidad con existencia autónoma ni que se dé plenamente en ningún ser, tal y como el Bien se da en Dios. ¡Ojo! No estoy negando la existencia de un ser malo hasta el límite, independientemente de si existe o no tal ser. Estoy negando la existencia del mal absoluto, sólo eso. Todo lo que aumenta nuestra imperfección es lo malo; todo lo que nos acerca a la plenitud y a la perfección es lo bueno. Por ello, lo malo es digno de odio; lo bueno digno de amor.

Sin ánimo de agotar el tema, algunas derivaciones son las siguientes: 

Sócrates sostenía que quien obra mal lo hace siempre por desconocimiento, porque ignora que el mal siempre acaba llevando a la infelicidad, a la quiebra de la dignidad personal. Los malvados obran mal por ignorancia, ya que nadie en su sano juicio querría ser un infeliz, un desgraciado.

Boecio afirmaba que el que obra mal lo hace por impotencia, por incapacidad de realizar el bien. Para hacer el Bien hay que poder. Dios, que es el único omnipotente, es también el único que es máximamente bueno. En el resto de seres la impotencia los lleva a obrar mal en ocasiones, incluso aunque no quieran. 

Podríamos explorar el tema agustiniano del mal en la naturaleza, o introducirnos en el problema del mal en la Teodicea, pero ello nos apartaría del núcleo de nuestra reflexión actual.

Finalmente, y para concluir, podemos afirmar que si lo bueno estriba en la dignidad de ser amado, entonces el amor se erige como el valor supremo. A través de él, comprendemos la dignidad humana, la virtud y la responsabilidad de nuestros actos. Incluso el propio Bien podría ser comprendido a través del amor. Puede que al final, y con dificultad, vislumbremos la Idea del Bien, pero quizá exista algo aún más grande, que también trasciende a las esencias y que, en realidad, no se encuentra al final sino al principio. Así, el amor no es solo un sentimiento: es el camino que nos guía hacia el Bien y hacia la plenitud porque nos hace partícipes de lo divino en nuestras acciones y en nuestra vida. 

"Donde no puedas amar, pasa de largo."

F. Nietzsche


"Ama y haz lo que quieras."

S. Agustín de Hipona

sábado, 6 de septiembre de 2025

Debemos un gallo a Asclepio

"Critón, debemos un gallo a Asclepio. No olvides pagárselo."

Aunque no está en absoluto claro, se cuenta que Sócrates en cierta ocasión dijo a Critón que le parecían inútiles los sacrificios a Asclepio, y que él sólo le sacrificaría un gallo si este dios le permitiera morir filosofando y rodeado de sus amigos. Las de arriba son sus últimas palabras.


Las páginas en blanco me ponen nervioso. Un horror vacui me asedia y tengo que empezar a escribir, aunque no sepa qué. ¿Será la vida una página en blanco que vamos llenando con nuestros actos, con manchas y borrones, e incluso, alguna vez, con trazos bellos? ¿O será, más bien, un camino marcado por el que vamos transitando letra a letra, paso a paso, cumpliendo lo que alguien ya escribió sobre nosotros? ¿Libertad o predestinación? ¿Caos u orden? ¿Dios o la nada? ¿La ciencia? ¿Qué ciencia? ¿Quién cree en la ciencia? ¿Qué sabemos? ¿Qué saben, y en qué creen, los que juegan a ser Dios? No digo los científicos: digo los que juegan a ser Dios. En cualquier caso, estoy aquí, delante de un papel que ya no está tan en blanco, escribiendo. ¿Por qué escribo? Quizá porque alguien me lo ha pedido o quizá porque necesito hacerlo.

La última entrada de este blog es de hace cinco años, y retomar la pluma después de tanto tiempo no resulta fácil. He perdido referencias, y puede ser que me haya deshecho de ciertos tópicos que me acompañaban constantemente, o que los haya sustituido por otros; no lo sé. Tendré que descubrirlo. Con la pandemia, el mundo se me presentó desencantado. De repente vi las cuerdas de las marionetas, las manos que movían los guiñoles. Antes había intuido algo, porque siempre me han interesado las finanzas y veía la manipulación en los mercados y la economía, pero no pensaba que esa manipulación pudiera llegar a todos los ámbitos de la realidad. El marco mental del que me había servido para interpretar el mundo ya no me valía; la tramoya había quedado expuesta ante mis ojos. Tenía que repensarlo todo, y dejé de escribir. ¿Era Matrix algo más que una película? ¿Era el mito de la caverna una verdad de siglos de una magnitud tal que el prisionero realmente era incapaz de darse cuenta de su estado? ¿Cómo había podido yo (¡yo!) ser tan iluso y estar tan engañado? La manipulación fue tanta que, en ese momento, se vio la mascarada y descubrí un mundo mucho más cínico y perverso de lo que había imaginado. Fuimos muchos los que nos dimos cuenta. El mundo era un casino turbio en el que unos actores guiaban a unos ciegos. Habíamos votado a corruptos que estaban a las órdenes de unas élites que los habían comprado a precio de saldo para hacer fortuna a nuestra costa. 

En El Show de Truman, todos los actores son pagados y manipulan a Truman, salvo la chica que se enamora verdaderamente de él y que intenta salvarlo. Nuestros políticos son los actores del show y están a las órdenes de plutócratas que nos estafan y nos perjudican en el ámbito de la salud, del medio ambiente, de la economía, de la educación, de la justicia y de la guerra —esa guerra que destruye vidas y haciendas con armas pagadas a empresas privadas con nuestros impuestos; esa guerra que después permite que ciertos magnates y fondos de inversión se lucren con las reconstrucciones—. 

Si soy sincero, si yo hubiera sido Truman, cuando hubiera descubierto el engaño, me habría callado y me habría aprovechado de todos los idiotas que estaban intentando engañarme. Pero la realidad no funciona así. Durante la pandemia fue el momento de mi vida durante el que más duro he trabajado. Yo no era el único Truman, y por lo tanto no podía aprovecharme de aquellos que todavía seguían actuando sin saberlo en el show. Uno no puede aprovecharse de un juego corrupto para poner las cartas a su favor, sino que lo que tiene que hacer es cargarse el juego, pero sin perjudicar a los que intenta salvar. Y más cuando esos son tus alumnos. 

Fue el momento de grabar clases online, de contestar correos a alumnos y padres día y noche, de rellenar informes que no servían para nada —bueno, sí: para hacerte perder el tiempo y que no pudieras centrarte en lo realmente importante—. Fue el único momento de mi vida donde llevé agenda porque necesitaba organizar el trabajo por horas para dar abasto. En gran medida, se sabía lo que iba a pasar: había alumnos que no tenían ordenador o que directamente no se conectaban por no se sabía qué causa, por lo que se suponía que iba a haber un aprobado general, como de hecho ocurrió. Yo también podría haber desaparecido y haber dado el mínimo exigible, pero no: mis alumnos tenían que ser los mejores, tenían que ir bien preparados, pasase lo que pasase. Que los sinvergüenzas de los políticos y sus amos intentaran perjudicarlos, no implicaba que yo pudiera aprovecharme del juego, y no lo hice. Y por lo menos, en lo que de mí dependía, no consiguieron que una vez más triunfara el show de Truman. 

Sin embargo, en aquel entonces todavía no era consciente de la magnitud del espectáculo. Tan solo tras años de investigación me he dado cuenta del entramado teórico-financiero, ideológico, político, jurídico, esotérico, religioso, sexual..., que hay detrás de todo esto, y de cómo los intereses de unos pocos condicionan la vida de todos. Una vez que conoces su lenguaje, sus formas, y cómo usan los símbolos para comunicarse entre ellos, ya no puedes ver otra cosa. Una vez que abres los ojos, ya no puedes volver a cerrarlos. Ves la manipulación en los medios de comunicación, en las redes sociales, en algunos personajes que parecen críticos, pero que llevan muy bien puesto el mandil, como Reverte; la ves también cuando te das cuenta de que alguno con coleta, disfrazado de amigo de los pobres, ha accedido a diputado a fuerza de pasearse por la Cuesta de las perdices de Madrid; la ves en cada una de las decisiones políticas que no van sino encaminadas a perjudicarnos; la ves en un sistema judicial amañado; y la ves, por último, sin que ello agote sus formas, en un sistema educativo corrupto que no está pensado, precisamente, para crear ciudadanos libres, sino vasallos de lo políticamente correcto.

Dicho esto, yo no quería escribir sobre nada en particular, pero tal vez, después de llevar cinco años sin escribir, esto le dé una continuidad al blog, que sigue teniendo por nombre Los caminos inciertos. Quizá la incertidumbre de los caminos que recorremos tenga que ver con lo que al principio decíamos. ¿Es la vida un camino cierto o incierto? El camino es incierto cuando dejamos de consentir que  nuestra vida la dirija otro, cuando nos atrevemos a escribir nuestra propia historia, le pese a quien le pese. Según Píndaro, sólo hay un imperativo en la vida del hombre: "Llega a ser el que eres". Desarrollar la plenitud personal implica abandonar el show, pero también exige volver al show para ayudar a otros. Es lo que en el platonismo se llama dialéctica descendente: el que ha visto la realidad tal como es, tiene la obligación moral de volver a la caverna para intentar rescatar a sus antiguos compañeros de cautiverio. Es algo peligroso. A Sócrates, por eso, le dieron la cicuta. Sin embargo, sus amigos, a los que había salvado de tanta indigencia y de tanta oscuridad, le acompañaron hasta la muerte. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Quizá nada: la filosofía sigue salvando, y algunos no entregaremos las armas porque lo diga otro. Nuestra respuesta es y será, aun cuando sepamos que estamos perdidos: ¡Μολὼν λαβέ! 

"Honor a todos esos que en su vida  Termópilas marcaron y las guardan." *

Le seguimos debiendo un gallo a Asclepio.


* Del poema Termópilas de K. Kavafis