La cita anterior es el desenlace del mito de la caverna. Sócrates dice a Glaucón que lo último que el ser humano puede percibir, "y con dificultad", es la Idea del Bien. Un poco antes, en el Libro VI 509 b, ha afirmado que el Bien está por encima de todas las cosas "en poder y dignidad". No da, sin embargo, una definición del Bien porque el Bien está "más allá de las esencias" (ἐπέκεινα τῆς οὐσίας) y por lo tanto no es cognoscible plenamente, solo perceptible.
Estas características del Bien platónico pasan de alguna manera a engrosar la lista de cualidades de Dios en el cristianismo. Dios no es cognoscible plenamente, está más allá de todas las cosas y las supera en poder y dignidad. El Bien supremo sería Dios y estaría en Dios, que es lo máximamente perfecto. El Bien, pues, mana de Dios y alcanza a todas las cosas rectas y buenas.
Pero, ¿existe el Bien? Si Dios existe, por supuesto; y aunque esa no sea en absoluto una hipótesis necesaria para jugar a este juego, decido aceptarla. Lo que sea el Bien, al igual que le pasaba a Platón, no es definible, al menos por completo. Sin embargo, se han aventurado definiciones bastante satisfactorias de lo bueno. Según Brentano, "lo que sea amable con amor justo, lo digno de ser amado, es lo bueno en el más amplio sentido de la palabra".
Si tomamos la definición de Brentano como referencia de lo bueno, ya podemos tener una brújula moral para guiarnos, aunque vislumbremos el Bien sólo de forma indirecta. Bueno es lo digno de ser amado justamente. ¿Existen amores justos y amores injustos? Ciertamente. El amor justo es el amor a lo digno de ser amado, esto es, a lo que posee la dignidad suficiente como para ser amado. Pero, ¿qué es lo que tiene dignidad suficiente como para ser amado, o, simplemente, dignidad? Lo que no tiene precio ni puede tenerlo. Para Kant, "la dignidad es aquello que se encuentra por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente".
Si esto es así, la dignidad, como tal, sólo se da en Dios y en el ser humano. Lo digno de ser amado serán, ante todo, estas dos realidades. En el caso de Dios, si se cree en él, no hay problema en aceptarlo porque estamos hablando de un ser perfecto, pero en el caso del ser humano, ¿hay algunos más dignos que otros? En sentido estricto, quizá no. Pero sí que hay personas que se comportan con mucha mayor dignidad de ser amadas que otras y que alcanzan un mayor grado de perfección en su vida. Hay personas que son mucho más amables que otras porque con sus actos se hacen a sí mismas dignas de amor. A eso se le llama una buena persona: a aquella que con sus actos nobles y amables, se hace digna de ser amada. Es cierto que aquí el término "digno" (o digna) se usa como sinónimo de merecedor y no como aquello que no tiene precio. Pero el término de dignidad tal y como lo entendía Kant, incluye, qué duda cabe, ese merecimiento.
Por otro lado, y en un sentido más aristotélico, una buena persona sería aquella que desarrolla máximamente las virtudes que son propias de los seres humanos: el amor, la amistad, y sobre todo la razón, la virtud más alta. Ésta es la encargada de orientar la vida hacia el Bien y la felicidad.
Vayamos ahora a lo contrario, pues la realidad, como afirmaban los presocráticos es la lucha entre contrarios. Si tomamos lo malo como lo opuesto de todo lo que acabamos de decir, tenemos que lo malo es aquello que no es digno de amor. Incluso, como decía Brentano, aquello que es digno de odio. En el caso de las personas, algunas realizan acciones despreciables e incluso odiables. Ninguna persona es digna de odio por el hecho de serlo, pero sus acciones sí lo son. Cuando alguien comete esas acciones, al menos si lo hace constante y conscientemente, estamos hablando de una mala persona. Quien no cultiva la amistad sino la enemistad; quien elige el odio en lugar del amor; quien se deja llevar por la sinrazón sin atender a la razón, quien introduce el sufrimiento donde no es necesario, se convierte también en mala persona.
¿Qué es el mal, entonces? Si hemos dicho que existen cosas malas, tendrá que existir el mal, aunque sea como reflejo o como algo incompleto o negativo. De hecho puede que su existencia, aunque sea de esta forma parcial, sea necesaria para mantener el equilibrio del mundo —el juego que se está eternamente jugando que ya describieron los presocráticos, esa lucha entre contrarios— y la posibilidad de la libertad. Pero, ¿existe el mal perfecto? Lo perfecto no puede ser malo por definición, pero por esa misma razón, nada en el mundo puede ser completamente malo ni completamente bueno, salvo Dios, que sería lo único perfecto. El mal perfecto es una contradicción, esto es, sería en realidad lo máximamente imperfecto, lo contrario de Dios. Si Dios existe siendo el ser máximamente perfecto con existencia plena y eterna, entonces lo absolutamente contrario no puede existir: sería la ausencia total o absoluta, el No-Ser. En ese sentido, el mal es una ausencia o un alejamiento del Bien, una impotencia de hacer el Bien o un desconocimiento del Bien, o, si queremos, de Dios. Pero el mal absoluto no es una entidad con existencia autónoma ni que se dé plenamente en ningún ser, tal y como el Bien se da en Dios. ¡Ojo! No estoy negando la existencia de un ser malo hasta el límite, independientemente de si existe o no tal ser. Estoy negando la existencia del mal absoluto, sólo eso. Todo lo que aumenta nuestra imperfección es lo malo; todo lo que nos acerca a la plenitud y a la perfección es lo bueno. Por ello, lo malo es digno de odio; lo bueno digno de amor.
Sin ánimo de agotar el tema, algunas derivaciones son las siguientes:
Sócrates sostenía que quien obra mal lo hace siempre por desconocimiento, porque ignora que el mal siempre acaba llevando a la infelicidad, a la quiebra de la dignidad personal. Los malvados obran mal por ignorancia, ya que nadie en su sano juicio querría ser un infeliz, un desgraciado.
Boecio afirmaba que el que obra mal lo hace por impotencia, por incapacidad de realizar el bien. Para hacer el Bien hay que poder. Dios, que es el único omnipotente, es también el único que es máximamente bueno. En el resto de seres la impotencia los lleva a obrar mal en ocasiones, incluso aunque no quieran.
Podríamos explorar el tema agustiniano del mal en la naturaleza, o introducirnos en el problema del mal en la Teodicea, pero ello nos apartaría del núcleo de nuestra reflexión actual.
Finalmente, y para concluir, podemos afirmar que si lo bueno estriba en la dignidad de ser amado, entonces el amor se erige como el valor supremo. A través de él, comprendemos la dignidad humana, la virtud y la responsabilidad de nuestros actos. Incluso el propio Bien podría ser comprendido a través del amor. Puede que al final, y con dificultad, vislumbremos la Idea del Bien, pero quizá exista algo aún más grande, que también trasciende a las esencias y que, en realidad, no se encuentra al final sino al principio. Así, el amor no es solo un sentimiento: es el camino que nos guía hacia el Bien y hacia la plenitud porque nos hace partícipes de lo divino en nuestras acciones y en nuestra vida.
"Donde no puedas amar, pasa de largo."
F. Nietzsche
"Ama y haz lo que quieras."
S. Agustín de Hipona

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